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“No llores como mujer, lo que no supiste defender como hombre….” le dijo la madre al Califa que en España, perdió la batalla con el Cid Campeador en la Alhambra.


Los análisis de la victoria con sabor a derrota, del domingo pasado, tienen la virtud de hacernos reflexionar y el defecto de paralizar el accionar necesario para ganar el balotage, el 22 de noviembre que está al alcance del pueblo, si los militantes del campo nacional y popular somos capaces de asumir el compromiso de volver al cuerpo a cuerpo en los barrios, en las calles, de dejar de hablarnos entre nosotros, de abrir la militancia y las expectativas a otros sectores, de genera utopías necesaria que motoricen las ilusiones de que hay un camino, que nada se ha cerrado y por el contrario depende de nosotros mismos la victoria.

Convencerse de que es posible es parte del desafío, ante tanto análisis melancólico, sobre el “deber ser” del peronismo, sobre lo que se dejó de hacer en 12 años, los errores de gestión como si eso fuese el eje del voto que nos hizo perder la provincia de Buenos Aires, Jujuy y la derrota en Córdoba previsible pero no en esos números. No son esos los motivos ni las situaciones que llevaron al sectores humildes a votar al proyecto de la restauración conservadora, fue la ausencia en múltiples distritos de la militancia activa, de la presencia física, de las convicciones puestas en las puertas de las casas de los vecinos, en las fábricas entre los trabajadores, en las aulas y los hospitales colocándolos en estado de asamblea, donde sin dudas encontraríamos críticas, de las cuales nos nutrimos cotidianamente y nos enriquecen cuando provienen de buena fe de compatriotas preocupados. No hicimos en muchos distritos esto y así nos fue, donde la militancia estuvo presente, me consta el triunfo coronó el esfuerzo.

No es la marketing el fuerte del movimiento nacional y popular, el peronismo siempre fue pueblo, sudor, agitación, presencia, militancia, la publicidad puede ayudar, las caras bonitas y no tanto de los afiches sirven a los candidatos, pero lo que sirve al proyecto es la conducción con la prédica y la persuasión, que desde Perón practicamos con emoción y como proyecto de vida. En el barrio, en el almacén o supermercado, ahí donde penetra el “chupete electrónico” que es el televisor, en la peluquería, en el trabajo, jugando al fútbol, comiendo en lugares públicos o asados con amigos. La pregunta entonces es: ¿estuvimos a la altura del esfuerzo de 12 años de construcción política, que permitieron apuntalar un proyecto de país con “todos adentro”, con memoria identitaria, con soberanía y un camino de reparación histórica?.

Aun estamos a tiempo, lo lograremos ya despejado el camino de candidaturas menores, de malezas que entorpecieron el análisis, de picardías y traiciones, que ensuciaron nuestro propio accionar en aquellos que no lograron despojarse de la cultura neoliberal de 40 años de individualismo, que todos llevamos encima. No debemos llorar sobre la leche derramada, no hemos perdido la guerra, sólo escaramuzas locales, estamos ganando la batalla electoral y debemos reforzarla con nuestra militancia, recreando utopías, generando esperanzas y no sólo el relato pautado de lo que hicimos. Tenemos un nuevo escenario que nosotros mismos hemos construido, una nueva sociedad a la cual no podemos seguir recordando los males del pasado, debemos explicarles los pasos del futuro, como lo haremos juntos, como seguiremos apuntalando un derrotero de país soberano que nos enorgullece.

Si la dirigencia persiste en una pelea de albañal, entre Montescos y Capuletos, entre progres y de la primera hora, midiendo al que está al lado, antes que embestir con fuerzas y convicciones al sujeto de toda elección que es el electorado, multicolor y polifacético, sometido a mil operaciones que sólo pueden ser desbaratadas con la presencia física de la militancia, el cara a cara que nos permite mirar a los ojos sin esconder nada, pudiendo pasar mañana a dar cuentas de lo que hicimos como en estos 12 años, donde se pudo mas de lo imaginable, con el esfuerzo y sacrificio del pueblo argentino y una conducción férrea, que dio la cara, que nunca se escondió, que no especuló ni siquiera con su propia seguridad, con valentía y compromiso, ese perfil que sólo el peronismo otorga como motor de vida.
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